Vivir. El existencialismo «tolstoiniano» de Akira Kurosawa

Vivir. El acto de la vida. Así se titula sintética y sencillamente esta película del Emperador del Cine japonés. Una cuestión tan misteriosa o filosófica como prosaica. Y en su perspectiva personal, por medio de un relato trágico con ciertas notas de humor, emocionalmente descorazonador a la vez que crítico en su dimensión socio-cultural, Kurosawa va a poner en juego casi todas las legendarias virtudes de su cinematografía.

Tras el éxito internacional de “Rashomon” (1950) que colocó al cine japonés y a su creador en el punto de mira de la crítica occidental, Kurosawa decidió mirar hacia su contemporaneidad nacional, a la vez que propuso un discurso proverbialmente universal, que tiene su base argumental en la excepcional La muerte de Ivan Illich del maestro de la novela moderna León Tolstói. Y ya en su primer fotograma esta reflexión sobre las esencias de la vida desde la muerte nos va a trasmitir la radicalidad de su enfoque en el fondo y en la forma. Una radiografía del estómago enfermo de Kanji Watanabe (Takashi Shimura), acompañada de una voz en off de tono entre aséptico y burlón, se erige en el prólogo que nos conduce hasta su oficina en la Sección de los Ciudadanos del Ayuntamiento de Tokyo. Watanabe es un hombre sepultado entre viejos legajos de expedientes sin fin, que consume rutinariamente sus días en deshacerse de las quejas ciudadanas con los más variopintos pretextos -nuevamente así lo constata con cierta sorna la referida voz superpuesta de la que Kurosawa hará meritoria utilización alo largo de su narración-. Y la concreta mañana que acontece, como de costumbre, ha desviado a la Sección de Obras Públicas una solicitud de un grupo de mujeres para transformar una zona de aguas residuales de su barrio en un parque de recreo. Ante nuestros ojos, las resignadas ciudadanas irán deambulando de departamento en departamento consistorial, donde siempre habrá un homólogo de nuestro protagonista que se declarará no competente e indicará cual es la sección a la que corresponde iniciar las correspondientes actuaciones, no dejando duda alguna el director respecto a su crítica contra la burocracia y sus ineficaces artífices.

Pero ese día no va a ser como los demás. Porque el funcionario-“momia”-como lo apodan sus subordinados- va a descubrir que padece un cáncer en fase terminal, y a replantearse su vida en consecuencia. Watanabe es un hombre viudo, que ha dedicado su vida al trabajo sin asumir el más mínimo reto que pudiera incomodar a la autoridad, con el fin de darle la mejor existencia posible a su único hijo tras la pérdida prematura de su madre. Y en contraprestación ha conseguido que este solo lo quiera por su dinero. Como sus colegas solo valoran su jubilación con el único objetivo de poder optar a su puesto.

Con semejante presentación del estado de las cosas, y ante un contexto vital tan descorazonador, la manera en que Kurosawa nos muestra el desmoronamiento existencial de este individuo vacío de vida ante la constatación de la muerte alcanza unas cotas de sensibilidad radicalmente conmovedoras para las audiencias. Comenzando por la atormentada expresividad del rostro de Shimura, enmarcado por lo general durante esos pasajes en ilumaciones en claroscuros que lo acompañan en su desesperación -y contrastan con sus recuerdos felices y luminosos de momentos pasados vividos junto a su hijo-. Como también en toda la impresionante secuencia de su huida hacia los placeres prohibidos de la noche, en compañía de ese bonvivant casual y antagónico que queda impresionado por su historia -“Solo somos capaces de valorar la vida en su justa medida, cuando nos enfrentamos a la muerte”-, en la que Kurosawa conjuga el expresionismo de los primeros planos del protagonista o sus circunstanciales compañeros de parranda, con un montaje vertiginoso y acelerado en la acción, que se agudiza a su vez con un extraordinario acompañamiento musical incidental -en este apartado resulta verdareamente impresionante la innovadora potencia visual en pantalla de las teclas del piano y de la gestualidad del pianista y la bailarina del club-, y que se cerrará ilustrativamente, una vez terminados los ritmos juveniles y energéticos, con esa vieja canción -”Enamórate, querida doncella”- entonada lúgubremente por Watanabe. Transmite con deslumbrante eficacia la pesadilla desasosegante que está experimentando el trasnochado burócrata, junto a cada uno de los espectadores del film. Y aun así, no cejará en su propósito por contagiarse del esplendor juvenil, a través de la relación que intenta establecer con su joven colega de la oficina, que el tratamiento expresivo de Kurosawa convierte en un nuevo fracaso vital, rayano en el patetismo.

Sin embargo, pese a la crudeza existencial del relato, Kurosawa rescatará a su personaje de semejante desierto vital, encomendándole una misión que este concluirá con una determinación desconocida para todos, hasta el mismo momento de su muerte. Y muerto ya Watanabe, la narración del creador japonés se afanará por reconstruir esos últimos meses de su vida por medio de un inquietante flashback en el que los asistentes a su funeral, conforme pasan las horas y corra el sake, intercambiarán puntos de vista para comprender el cambio radical de actitud del funcionario ante sus quehaceres profesionales. Sin duda, este tramo final de la película, en el que la ejecución técnica de Kurosawa continúa brillando al máximo nivel, concentra otra vez una riqueza analítica sobre el sentido de la existencia humana en relación con las convenciones sociales y los intereses en los círculos de poder, que me parece digna del más entusiasta de los elogios.

En definitiva, esta es una cumbre, otra más, del legado cinematográfico del más aclamado director japonés, dotada de un cariz especialmente humanista y emotivo respecto al conjunto de su obra.

Como profundamente emotiva es la sensación que nos embarga ante ese último plano de Watanabe ante su mejor obra.

Los viejos también disfrutan en los columpios de un parque.

© Maria Verchili Martí.

2 comentarios en «Vivir. El existencialismo «tolstoiniano» de Akira Kurosawa»

  1. Estupenda película y brillante el comentario. Hace unos años se hizo una nueva versión (Living, protagonizada por Billy Nighy), bien interpretada, pero que no aporta nada nuevo. Vi la original hace tiempo. La volveré a ver.

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    • Hola Roberto. Muchas gracias por la valoración. Efectivamente la película es magnífica y muy necesaria desde un punto de vista estrictamenmte filosófico. Y respecto a la nueva versión, yo no la vi. No me apetecía. Sé que no está mal, pero como bien dices no aporta. nada. Un abrazo.

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