Resurrection, Bi Gan

El milagro del cine


Es posible que me deje vencer por la grandilocuencia. Hay ocasiones en que la pasión cinéfila desborda la valoración de un film, en estos tiempos a menudo desesperanzados, invadidos por esa sensación de desmoronamiento del séptimo arte como manifestación de alta cultura y excelencia artística. Desnaturalizada como se encuentra además la experiencia fílmica por la presión desaforada de todas esas nuevas ofertas que vacían año tras año las salas de cine, ha llegado este 2025 -la película se estrenó en la competición oficial del pasado Festival de Cannes y obtuvo el Premio especial del Jurado, aunque llegue ahora a nuestras salas-, un jovencísimo director chino para reivindicar la genuina vivencia cinematográfica. Bi Gan, con tan solo tres espléndidos largometrajes -y algunos cortometrajes previos prácticamente desconocidos fuera de su país- ha obrado el milagro. Tras su excitante debut Kaili Blues (2015), y el fascinante neo noir Largo viaje hacia la noche (2018) -recordemos, ya inolvidable en los anales cinéfilos por su descomunal plano secuencia final en tres dimensiones de 59 minutos de duración, que dejó a gran parte de la crítica especializada mundial literalmente anonadada-, el cineasta completa esta terna magnífica con un ejercicio de cine abrumador, un film de ensueño -y permitirme esta licencia demasiado fácil-.


Porque para comenzar diremos que el monumental relato de Bi Gan se sitúa en una civilización distópica futura en la que los seres humanos han perdido la capacidad de soñar como condición para alcanzar la longevidad. Sin embargo, hay algunos, y uno muy particular (Jackson Yee), que se rebelan contra este designio deshumanizador. Se les llama delirantes -para mi es inevitable pensar en aquellos replicantes “más humanos que los humanos” de la cima sci-fi de Ridley Scott-. Y es que en un mundo sin la magia de la imaginación primigenia, cualquier acto de libertad creativa y pensadora es un delirio, una locura que solo conduce a la destrucción. De hecho, en estas condiciones está el monstruo, cuando lo encuentra Shu (Shu Qi), la mujer que forma parte de esa estirpe confrontada, “los otros”, encargados de detectar y eliminar a los soñadores -otra vez, los paralelismos con los “blade runner”-. Enfermo y arruinado en un fumadero de opio de principios del siglo XX, existe encerrado como una bestia, alimentándose de las flores venenosas para permanecer aletargado, llorando lágrimas alucinógenas que los clientes valoran en su excepcionalidad. Y también de esta manera, es como Bi Gan prende su relato alucinado, mostrándonos las manos que componen la escenografía, en una reivindicación gloriosa de la ficción y el artificio del cine, en este prólogo erigido con los recursos propios del cine mudo. Los intertítulos, la gestualidad exagerada de los intérpretes, las técnicas stop motion, y el homenaje al expresionismo alemán del Nosferatu de F.W.Murnau, o a la comicidad primitiva de los hermanos Lumière en El regador regado, nos van a introducir en un viaje por el cine de diversas etapas y autorías muy significativas -y entendemos que muy del gusto del director-, que parecen redundar en su naturaleza mutante, huidiza, que se le escapa de las manos al autor -más adelante, volveré sobre otras manos, tan metafóricas-.

Desde ese rescate inaugural, en el que la acompañante impuesta de nuestro protagonista decide instalar en su interior los mecanismos de un proyector de cine para proporcionarle una muerte dulcificada -y por tercera vez, tengo que recordar la naturaleza androide y artificial de los Nexus 6 en lucha imposible por la supervivencia-, el delirante de Bi Gan recorrerá años de vidas diferentes, en situaciones, contextos y condiciones humanas dispares, que se irán hilvanando por medio de transiciones en las que unas velas de cera blanca se van consumiendo con cada nueva etapa -aquí volvería el director chino a reclamar la inspiración de otro gigante germano, Fritz Lang y La muerte cansada o Las tres velas-. Ademas, en cada uno de esos simulacros de vida y cine, se impone uno de los seis sentidos del cuerpo humano en la cultura oriental, ahondando en esa sensorialidad romántica, turbia y violenta, que recorre el film y lo vertebra de principio a fin.

Siempre en la piel de Yee, transitaremos por un noir fatalista de los años 40, en el que dos amantes esconden un terrible secreto que obsesionará al más arquetípico de los investigadores, por un cuento fantasmagórico en un templo budista, por una encantadora tragicomedia de timadores y paternidades perdidas, y por una historia final de amour fou vampírico, que transcurre precisamente en la última noche del año 1999 -el último del siglo XX, tal vez el año en que murió el cine.-.

Y en cada una de estos relatos, la profusión de detalles, de mensajes cifrados y simbólicos resguardados en objetos de la más variada índole, ensancha la expresividad de la obra de Bi Gan, acreditando una impronta creativa desbordante. En primer lugar, en esa maleta misteriosa de un hombre supuestamente apuñalado por Qiu -la primera personificación del delirante- con una pluma estilográfica en el oído, porque aquel necesitaba ansiosamente escuchar su voz. En esta recreación del más envolvente cine negro, la obsesión, la muerte, o la enigmática solución a la guerra en curso, se condensan en la interpretación musical de un theremin y en una secuencia mortal de espejos deformantes, homenaje absoluto al mítico final de La dama de Shangai de Orson Welles. Treinta años después el soñador regresa como Mongrel, un ladrón de arte atrapado en el referido santuario, que para liberarse del dolor de una muela enferma se la arranca golpeándola contra una estatua de Buda. Esta sanguinolenta acción libera a un espíritu reencarnado en el diente con el que el ratero completará un viaje personal de sanación conectado con la muerte de su propio padre, aunque termine literalmente como un perro, en el capítulo más agazapado en el género fantástico y en creencias orientales de difícil aprehensión para nuestras mentalidades occidentales. Unas décadas más tarde, el delirante se ha trasmutado en Jia, un buscavidas en apuros que se aliará con una chiquilla huérfana de la calle. Entre las pericias propias del timo, la extraña capacidad de la niña para adivinar las cartas de póquer olfateándolas -rescatando otro clásico, en esta ocasión norteamericano, no podía dejar de pensar en la maravillosa Tatum O´Neil de Luna de papel-, y un acertijo escrito en un billete, Bi Gan compone una historia agridulce en torno al abandono paterno. Finalmente, nuestro protagonista se convierte en Apollo, un joven aparentemente perdido en una ciudad portuaria, que se enamora de la prostituta y vampira Tai Zhaomei, una mujer atrapada en las redes de un mafioso local con el que comparte destino y dolor inmortal. Aquí el deambular de ambos durante la última noche del año por entre los callejones infestos, el bar de karaoke del jefe criminal, que se llama precisamente “Amanecer” -otra vez tal vez un guiño a otro clásico maravilloso del periodo mudo-, las palizas sangrientas y esas manos reveladoras que Tai oculta bajo unos guantes negros, nos llevan en volandas, con otro plano secuencia para recordar, hasta la salida del sol, tan romántica como aciaga. Él besará a una chica por primera y última vez, y ella morderá a un chico por primera y última vez.

Hasta este punto, he puesto todo mi empeño en intentar recopilar el maremágnum cinematográfico arrasador del director chino, desde la perspectiva de que de alguna manera resulta inasible, tanto como tremendamente adaptable a las filias de cada cual. Pero no puedo terminar estas líneas sin exponer mis objeciones. Hay en el desbordamiento narrativo del film, en sus formas excesivas, un conjuro artístico que me fascina tanto como me desorienta. En absoluto sostengo esta afirmación como un juicio completamente desfavorable. Es evidente. Pero también tengo el pleno convencimiento de que personalmente me falta la sensación de frescura del cine que en su rigurosa planificación es capaz de fluir con la naturalidad contagiosa de la vida misma. Tampoco puedo obviar que aun con eso, Bi Gan consigue convertir sus incoherencias y dispersiones en un dispositivo formal verdaderamente admirable, en un artefacto estético hermoso y colmado de significados. Como ese trance final, en el que el delirante alcanza por fin la muerte, en un ritual corporal “frankesteinizante” que culmina en la sala cine, por fin. Pero una en la que los espectadores se derriten. Como la cera.

Y con todos sus logros y sus pesares, la película de Bi Gan, sí, es una emocionante carta de amor al cine y a la cinefilia.

© Maria Verchili Martí.

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