Historia, fábula y mito en el Cine contemporáneo italiano

El Cine de Alice Rohrwacher es especial. Esa poderosa impresión fue la que me invadió cuando vi El país de las maravillas. Posee un universo propio, que quedó prístinamente delimitado en su segundo largometraje, unas coordenadas creativas que la guían empecinadamente hacia anheladas desventuras, para recrear con variaciones un microcosmos personal y familiar que aspiró a afianzar maneras alternativas de vivir, lejos del materialismo y del mundanal ruido.
Como en Lázaro feliz, sus historias se desarrollan siempre entre los márgenes de la sociedad contemporánea, para desarrollar su discurso de certera carga de profundidad socio-política, que redimensiona el deslumbrante legado cinematográfico italiano. Aquí es inexcusable mencionar a sus admirados Federico Fellini, con el que es inevitable emparentarla en relación con determinadas barrocas y sensuales estampas, Roberto Rossellini, por su neorrealismo actualizado y su inquietud por los grupos materialmente más desfavorecidos, o Pier Paolo Passolini, por su existencialismo introspectivo e iconoclasta.


En esta reencontrada quimera, se desentiende con inusitado desparpajo de las convenciones narrativas para tejer una amalgama formal libérrima entre la fábula y el mito, tan realista como fantástica, carnavalesca, onírica y poética. Vuelve a retornar a sus recuerdos de infancia en los años ochenta del siglo pasado en su Toscana natal, donde escuchaba hablar de aquellos que vivían mercadeando con reliquias etruscas, para contarnos de una banda de saqueadores que sobreviven extrayendo clandestinamente el invaluable e inagotable legado artístico que yace escondido bajo los pies.
El extraño líder del grupo -nuevamente acude la cineasta a ese recurso al extrañamiento, a los personajes cerrados sobre sí mismos, como en el bondadoso Lázaro, que como ella misma afirma, nos imposibilitan la identificación personal-, es un arqueólogo de origen irlandés con el don de la rabdomancia (conmovedor Josh O’Connor), que vaga invadido por la nostalgia. Ya en su presentación, dormido y visiblemente demacrado en un vagón de tren, Arthur se despierta sobresaltado ante el requerimiento del revisor, “¿Estaba soñando?”, le pregunta. “Pues no verá nunca el final”. Unas pocas palabras en apariencia casuales, con las que Rorhwacher sintetiza entre el texto y la imagen el aciago devenir de su protagonista. En consonancia, lo va a representar perdido literal y metafóricamente, mediante esa colección de hermosos planos de su potente corporeidad invertida en aperturas hacia el subsuelo que funcionan como un fascinante juego de espejos visuales y significativos. En el plano realista, parece que al fin va a llegar el golpe de suerte que necesita para escapar de la precariedad. Pero a nivel subjetivo, su búsqueda es mucho más profunda, misteriosa. Persigue obsesivamente un mágico hilo rojo que lo pueda conducir a las profundidades, a otras profundidades, a ese lugar donde se esconde una mujer que amó y perdió, Beniamina, “Ven, aquí está la luz”. Esa mujer anhelada lo conecta a su vez con la matriarca de un clan decadente y oclusivo (impresionante, la mítica Isabella Rosselini), que también continúa buscando a su hija, anclada como está en un tiempo imposible e irrecuperable y en un amor maternal que se desvaneció hace mucho tiempo. Y a su vez, entre las desvencijadas paredes de la mansión decrépita de la Sra. Flora, Rorhwacher nos presenta a una tercera mujer, con el significativo nombre de Italia, que quizá pueda conducir a Arthur hacia la luz auténtica. Es sirvienta, innovadora profesora de italiano, chispeante bailarina, crítica con el expolio material y simbólico, y es también capaz de imaginar un futuro mejor a través de su alianza con otras mujeres para constituir una comunidad utópica sobre las ruinas de una estación de tren. Compone así la directora una suerte de tríptico comparativo de diferentes femineidades que podríamos contemplar desde una perspectiva sociológica y política más que interesante.



Aunque la terna se completará sorpresivamente con una cuarta fémina, Spartaco, una vez más en la piel de Alba, la hermana de Alice, que se descubrirá como la auténtica aniquiladora de vidas y esperanzas. Precisamente, cuando por fin desvele su semblante, en esa secuencia cautivadora entre los gigantes contenedores del puerto, conoceremos por fin de su actividad como traficante de arte en las más altas alturas. Como esa que alcanza la venus finalmente decapitada, suspendida en el aire en una imagen sobrecogedora, que a mi -disculpad mis acusadas filias cinéfilas- me ha trasladado sin remisión al Jesucristo volador de uno de los mejores arranques de la Historia del Cine, el de “La dolce vita”, al mismo tiempo que me ha devuelto a esas tres mujeres que Arthur ha querido, a sus reflejos y sus contraplanos, como a la que se dirige directamente a la cámara, en un encantador derribo de la cuarta pared, para reivindicar el igualitarismo en clave de género que la defenestración del legado cultural etrusco le ha robado a la sociedad italiana, en un juego de polisemias y niveles epistemológicos que para mi eleva la propuesta de Rorhwacher hasta el espacio sideral. Desde las profundidades. En este sentido, me parece relevante destacar la elección de Rorhwacher respecto a la civilización etrusca, porque aquella quedó sepultada por el poderío romano en los anales de la Historia, enterrada, como los tesoros que centran la actividad de sus protagonistas, exactamente como un día podría quedar la nuestra.
No se puede finiquitar un acercamiento a esta película sin alabar su exquisitamente mugrienta ambientación, una dirección de arte verdaderamente destacada, fotografiada con virtuosismo por la ya habitual de Rorhwacher, Helène Louvant. Ni se puede eludir la juguetona combinación de formatos, de 16 o 35 milímetros. Ni la narración metalingüística que Rorhwacher introduce con las canciones de ese misterioso trovador que nos va contando las desventuras de los “Tombaroli”. Ni el extraordinario pasaje musical de la profesora y su “diccionario intensivo sintético de italiano”, amenizado por la banda de rock electrónico Krafkwerk. Ni el preciosista esplendor de la cartelería promocional, que remite a la iconografía de las cartas del tarot y a una de sus figuras, “el colgado”.



No se puede, en definitiva, renunciar a inventariar el multidimensional crisol de formas, fondos, sonidos y colores, el paraíso sensorial y el esfuerzo analítico, la lúcida mirada de Alice Rorhwacher hacia la Historia de su país, su historia personal y familiar, y las pequeñas historias ajenas que ha ido recopilando, para componer la que para mi es su mejor película. Otra vez, otra triste quimera, La Quimera, con la que Rohrwacher se afianza para la que suscribe como una de las cineastas más fascinante, genuina y original del Cine contemporáneo.



© Maria Verchili Martí.