Cidade Rabat, de Susana Nobre (2023).

(artículo originalmente publicado en la revista Cine maldito con motivo de su participación en la Mostra de València-Cinema del Mediterrani):

Cidade Rabat (Susana Nobre)

No sé si existe un duelo más difícil que el que implica la despedida del padre o de la madre —se me ocurre alguno más—. En todo caso, es una pérdida esencial en el devenir de cualquier vida que la directora portuguesa Susana Nobre ha colocado en el centro argumental de su última película como vehículo analítico de aproximación a su omnipresente protagonista, Helena (Raquel Castro), una mujer divorciada de cuarenta años con una hija adolescente. Cidade Rabat es una comedia dramática rebosante de contenida melancolía, que nos cuenta sobre el dolor por esa pérdida tan significativa para terminar componiendo un retrato veraz, íntimo y humanista sobre crisis personales mucho más holísticas.

En su arranque casi lúgubre, hilvanado con un tono testimonial e intencionadamente semi-documentalista, Nobre filma minuciosamente el escenario de la infancia, recreándose en las escaleras comunitarias, el desactualizado ascensor de rejas metálicas y las puertas de las viviendas del edificio donde creció mientras una voz superpuesta acompaña su mirada recuperando anécdotas de aquellos tiempos: las niñas con las que jugaba, sus familias, la portera o ciertos personajes del vecindario tendentes a la extravagancia, hasta llegar a la planta baja y la puerta de la casa familiar. Allí está pasando mucho tiempo en los últimos años. Acude casi a diario para cuidar a su madre, es un lugar capital en la construcción emocional del viaje de recuperación de Helena. Por eso Nobre lo subraya y, tras los títulos de crédito y el revelador título del film —veremos por qué—, la Helena cuidadora asiste descorazonada a un parsimonioso ritual de observación, constatación de su contenido y destrucción final de unas cuantas fotografías familiares. Se diría que la anciana se está desembarazando de los recuerdos de toda una vida antes de marcharse; y que su hija se resiste con obcecación, pues veremos sus esfuerzos por recomponer las mitades separadas.

Porque al día siguiente, Helena recibe la fatal noticia. La directora juega con las imágenes y sus simbolismos premonitorios. El derribo de un edificio resulta ser una localización del rodaje de una película cuando se agranda el punto de vista en el plano. La protagonista se encarga allí de las tareas de producción. Precisamente se encontraba liada en discusiones profesionales sobre recursos materiales disponibles con el director cuando recibe la llamada que no deseaba recibir bajo ningún concepto. Y la cámara del film de Nobre ensaya una notable transición hacia una zona colindante con el área de rodaje, para dejar a Helena abatida en un viejo sofá de saldo, mientras el acompañamiento sonoro deslocalizado proclama la «Acción» en un meritorio recurso de cine dentro del cine.

Efectivamente, a partir de aquí vamos a acompañar a Helena por su camino de reconstrucción personal. Junto a su hermana Joaquina se encarga de cuestiones tan prosaicas como las gestiones funerarias o la celebración de la liturgia de despedida —aquí hay un pasaje especialmente divertido, cuando Helena y su tía viajan con el cuerpo presente en el coche fúnebre que las traslada al pueblo de nacimiento de la difunta—. Pero todavía resulta más prosaico el día después, la solitud y el hastío impregnan el discurrir cotidiano de la vida. Y Nobre los atrapa desde una mirada contemplativa, sustentada mayoritariamente en largos planos fijos, muy de su gusto, que la emparentan con numerosos antecesores de la tradición experimental de los años setenta del siglo pasado —dígase, sin ir más lejos y por la cercanía temática, Chantal Akerman—, como también vuelve a ensayar expresivas deslocalizaciones de la imagen y el registro sonoro, muy efectivas en su transmisión emocional —esa llamada de Joaquina enumerando profusamente la interminable lista de tareas pendientes vinculadas a la muerte de la madre, que escuchamos sobre un quejumbroso trávelin lateral por la pared yerma, mientras Helena hacía un buen rato que había llegado al balcón a buscar el aire—, o introduce rupturistas secuencias de fuerte dinamismo visual y sonoro —ese baile al son de Ritmo de la noche en una boda que termina con esta mujer borracha y derrotada ante los ojos de su hija María, con la que le está costando conectar—. Aún habrá algún exceso etílico más, una infracción al volante y el consiguiente compromiso de realizar trabajos comunitarios en un club deportivo de barrio humilde. Solamente diré para terminar, que allí comenzará a reponerse, que conseguirá regresar a la calle Cidade Rabat. Y llorar, por fin. Y también comenzará a disfrutar en esa carrera luminosa aderezada con Let’s dance de Chris Montaz y en ese plano final, que nos arranca una amplia sonrisa.

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