La alternativa | El pecado de Cluny Brown (Ernst Lubitsch).

(artículo originariamente publicado en la revista Cine maldito:)

La alternativa | El pecado de Cluny Brown (Ernst Lubitsch)

Ardillas para las nueces

Como explica el partenaire de nuestra protagonista, Cluny Brown (Jennifer Jones), hay gente que acude a Hyde Park con nueces para las ardillas, pero si a usted le hace más feliz ¿Quién le puede negar que sean “ardillas para las nueces”?».

Este es probablemente el reclamo más célebre de la que fue la última película del gran maestro de la alta comedia, el imprescindible inaugurador de un estilo de análisis de las relaciones humanas, y específicamente amorosas, maravillosamente vitalista y divertido. Inventó esa fórmula mágica caracterizada por la sofisticación y el análisis sarcástico e incisivo de las relaciones personales, que tanto nos ha hecho reír. Se ha hablado largo y tendido sobre el mítico “toque Lubitsch”, ese no se sabe muy bien qué, que convertía las propuestas cinematográficas de este ilustre emigrado judeo-alemán en Hollywood en artefactos socio-culturales de incuestionable interés. Desde luego, sus maneras crearon escuela. Y como muestra, un botón especialmente significativo: aquella famosa frase atribuida a su discípulo más ilustre, mi adorado Billy Wilder, «¿Cómo lo haría Lubitsch?». Eso parece que contó Wilder en varias ocasiones. El aprendiz de mordacidad, humor e inteligencia emocional por quilates, tenía incluso un cartel en el lugar donde escribía sus guiones, que le invitaba a reflexionar sobre la manera en que una determinada situación argumental sería resuelta por su maestro.

En su despedida, Ernst Lubitsch no renunció a ninguna de sus legendarias señas de identidad, si bien es cierto que aquí sus míticas elipsis, sus sugerentes juegos de puertas, no están tan presentes. Parece que en esta ocasión optó por mostrarnos a sus personajes, un hombre y una mujer de clases sociales divergentes, con la más luminosa transparencia y humanidad, haciéndolos perfectamente comprensibles y seductores. Tales premisas argumentales no difieren demasiado de otras propuestas de este u otros directores de aquella época u otras posteriores. Porque donde el cine de Lubitsch alcanza la excelencia es en la manera de construir sus historias, en las situaciones anecdóticas desde donde nos lleva y por donde nos hace pasar para sumergirnos en la trama, que podríamos considerar las manifestaciones plausibles de su legendario estilo. Como única nota discordante, en el plano actoral, sí querría señalar a Jennifer Jones, una actriz casi siempre sobreactuada, que en esta ocasión consigue una más que aceptable interpretación, —para mí es el punto flaco de la película, no podía dejar de pensar como sería Cluny en la piel de Claudette Colbert o de Miriam Hopkins, entre otras—.

El film arranca con un plano cenital de la ciudad, y el texto inaugural nos ilustra sobre la tranquilidad de un domingo por la mañana en Londres en el mes de junio de 1938, con la sola excepción del problema de Mr. Ames. Un caballero perteneciente a la alta sociedad tiene un angustiante atasco en el fregadero de la cocina, y esa misma noche va a celebrar una fiesta. En primer lugar, hace acto de aparición Adam Belinski (un magnífico Charles Boyer), buscando a un viejo amigo por error —y siendo ya tomado por el ansiado fontanero—. Inmediatamente, la presentación de Cluny —que no Brown, como la renombrarán en su faceta como doncella—, llega cuando acude a la casa del apurado caballero en sustitución de su tío, del que ha aprendido el oficio por la convivencia y al que considera muy conservador profesionalmente. Estas secuencias en el interior de la cocina rezuman el encanto del equívoco, del humor rapidísimo e inteligente, las esencias del toque Lubitsch, siendo especialmente divertida la preparación de la muchacha, subiéndose la falda y quitándose las medias ante las perplejas miradas de los dos hombres, filmados en un plano ligeramente elevado con el que el alemán explota con su inimitable destreza el humor visual, y que adereza con la observación del extranjero —«No va vestida para realizar trabajos de fontanería. Como ninguna mujer»—. El caso es que la fontanera aficionada resolverá el problema con admirable prestancia, y lo celebrará con champán y una agradable borrachera, que la hace sentir ‹chirupy› (podemos entender que está chisposilla, aunque la palabra parece derivar del verbo chirriar). Cuando finalmente llegue el tío Arn, el auténtico fontanero, recriminará como siempre a Cluny su falta de acomodación al lugar que le corresponde, Y entonces será cuando Belinski apoye explícitamente la naturalidad, lozanía, ingenuidad, desenfado y el encano personal de esta mujer, por medio del consabido juego de palabras con el que comencé.

A continuación, el desarrollo argumental de la película excluye temporalmente a nuestra Cluny, y nos lleva a la anunciada fiesta de las clases acomodadas londinenses, para determinar ya plenamente su base analítica esencial. Aunque se trate de una de una comedia romántica, Lubitsch la desarrolla siempre en torno a la la contraposición de clases socio-económicas, y a la consiguiente crítica incisiva sobre los usos sociales elitistas y encorsetados de los de arriba. Allí conoceremos al personaje conector del futuro devenir de la trama, Andrew Carmel: tres jóvenes cachorros de buena familia, una mujer y dos hombres a la que ambos pretenden, acuden al evento. Ellos comentan preocupados la situación en Europa con la amenazante expansión fascista de Hitler —un viejo conocido de Lubisch, recordemos que hasta lo colocó en plena calle en el centro de Varsovia en la portentosa Ser o no ser (1942)— y Mussolini. Azarosamente se encuentran durmiendo —y roncando, así lo certifica Elisabeth— a Beliski, un intelectual checo exiliado al que admiran. Y Andrew convencerá a sus padres, Lady Alice y Sir Henry Carmel, para ofrecerle cobijo y protección en la fastuosa mansión familiar en Devonshire.

Mientras tanto, de vuelta a los estratos más humildes, el desesperado tío de Cluny toma la determinación de enviarla a trabajar como doncella precisamente a la casa Carmel. La incorporación de la sirvienta a su nuevo entorno insiste en la mirada jocosa y ridiculizante de Lubitsch sobre el clasismo británico. Como consecuencia de una cierta confusión en la estación con un distinguido vecino, sus empleadores la reciben como si de una de su casta se tratará, con la preceptiva toma del té, hasta que la auténtica identidad —“su lugar”— de la recién llegada queda al descubierto ante la atónita mirada del mayordomo —junto a la ama de llaves, otro de los impagables personajes secundarios marca de la casa—. El reencuentro de los futuros enamorados merece otra mención especial. En su primera intervención en el alambicado ritual de servir la cena a sus señores, la naturalidad espontánea de Cluny queda acreditada en su inapropiada recomendación al Sir de la mejor pieza del pavo, que este sigue, así como en la aparatosa caída de la bandeja que porta, cuando reconoce a aquel que le había hablado de las ardillas para las nueces. Pese a la gravedad del incidente, el invitado convence a la familia para que no la despidan, recitando con vehemencia otra vez a Shakespeare, y no tardará en visitar en su dormitorio a la mujer, que indefectiblemente ya le ha robado el corazón, entrando por la ventana. Cuando la encantadora pareja de jefes del servicio presencien escandalizados la salida de Belinski por la puerta, Lubitsch nos regalará otra impagable alusión a la estupefacción que en el viejo mayordomo causó el hecho de que el checo se dirigiera a él como a una persona igual.

En el esfuerzo de adaptarse a su nueva realidad, Cluny se ilusiona con el particular cortejo del farmacéutico del pueblo, un hombre pusilánime y apocado, ajustado representante del cierto amaneramiento provinciano, que pronto mostrará su verdadera naturaleza —y su querencia al armonio—. Así, en sus tres horas libres de la semana, nuestra heroína camina resplandeciente con su precioso vestido y un “jardín en la cabeza” —así se lo hará saber Belinski—, por sombrero, cuando se encuentren y este tome conciencia de su competidor, Mr. Wilson. Además, en su afán de mofarse, Lubitsch lo colocará en el rol de defensor del valor de una oveja en un cuadro para el gran Imperio británico, o nos mostrará su sumisión a una madre silenciosamente acuciante, que solo se expresa con carraspeos de garganta —impagable la vis cómica de Una O’Oconnor, especialmente durante la celebración de su cumpleaños—. Estando los invitados reunidos en el pequeño castillo Wilson —que no es Buckingham Palace—, un nuevo problema de fontanería volverá a poner a Cluny en acción, con la consiguiente desaprobación social de la comunidad y de su pretendiente. Por supuesto, todo el entramado argumental de reparación de tuberías, tiene una connotación sexual escasamente encriptada en los tiempos más férreos del Código Hays.

En el tramo final del film, los variados tríos amorosos en conflicto —otra muy característica marca de la casa, recordemos las maravillosas Una mujer para dos (1933) o Un ladrón en la alcoba (1932)— se resolverán en beneficio de unos y otras. Por descontado, nuestra pareja tendrá el final que merecen dos personajes que Lubitsch reivindica como especiales, diferentes, libres de la hipócrita acomodación moral que pone en su punto de mira, con un apartado de correos como dirección residencial, un compartimento de tren, un futuro proyecto compartido, y una escena final rayana en el escándalo público.

Incombustible Lubitsch, genio y figura hasta la sepultura.

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