Noir Truffaut: La novia vestía de negro y La sirena del Mississipi.

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Hacia finales de los años 60 del siglo pasado, François Truffaut, en esa impronta creativa siempre apasionada y desbocada, ya había inaugurado la ola cinematográfica más célebre de todos los tiempos, junto a su colega y más tarde antagónico Jean-Luc Godard, con esa película imprescindible, Los cuatrocientos golpes (1959), que ademáscomenzaba a su vez una senda muy personal y propia, la de la evolución personal del más reconocible alter-ego da la Historia del Cine. La serie de Antonine Doinel, siempre en la piel del fiel compañero Jean-Pierre Léaud, es un hito del Cine-vida, que aun tuvo un último aliento más allá de la muerte en el trabajo de recolección de su hija Eva para entregar el serial radiofónico El diario de Alphonse. Entremedias, también había dirigido otras tantas películas que no necesitan presentación, la maravillosa historia de amor libre Jules et Jim (1962), sobre la novela homónima de Jean-Pierre Roché, el drama amoroso-existencial La piel suave (1964), o su entrañable incursión en la Ciencia-ficción -y en la lengua inglesa- Fahrenheit 451 (1967), en base a la célebre obra de Ray Bradbury. Y entonces, en los años consecutivos de 1968 y 1969 -precisamente ahí, entre los efluvios libertarios del “Verano del amor”-, y dos años después de publicar el que para una servidora es uno de los libros más apasionantes sobre el Cine jamás escrito, Monsieur François ensayó su muy personal relectura del cine negro de ambos lados del charco, cobijado bajo la alargada sombra de Mister Alfred Hitchcock.

La Mariee était en Noir/La novia vestía de negro (1968).

La obra que Truffaut codirigió con la que además era la estrella absoluta y rutilante de la propuesta, Jeanne Moureau, a mi parecer es una película de extreordinaria riqueza y repercusión. Replica el cine negro, a la vez que voltea algunas de sus canónicas premisas. Homenajea con devoción indisimulada al maestro del suspense. Pero además considero que contiene la esencia misma de mi admirado François, que siempre puede servir como ejercicio de reflexión personal. Esta historia de la novia viuda en el preciso instante en que sale exultante de felicidad de la iglesia, cogida del brazo de su querido compañero de vida desde la más tierna infancia, que buscará venganza con una determinación imperturbable -como así es la maravillosa expresividad de la interpretación de la Moureau durante la mayor parte del metraje-, es otra propuesta que personalmente me fascina -y parece que fascinó a otros, que la intentaron emular para mi con mucha menos fortuna, “Kill Bill?”-.

Compartiendo absolutamente la influencia hitchckoniana que recorre el film, a mi me interesa sobremanera contemplar las andanzas de una mujer ejecutora, alejada del rol de femme fatale habitual del cinema noir. Su móvil existencial y terrorífico tiene su origen en el amor -un amor demasiado intenso, definidor de una vida, sin el que no se puede continuar, ¿es verdadero amor?-. Un amor que lleva a la muerte. Aunque tampoco haya ninguna posibilidad de excusar la dramática consecuencia de un accidente inesperado perpetrado por hombres bravucones e inconscientes, que no son capaces de confrontar su error y la responsabilidad que conlleva. Todos estos elementos del género son redimensionados con el tamiz de las modernidades del contexto socio-cultural de producción del film, y de las querencias emocionales de los propios creadores – al menos así me parece poder intuir respecto a Truffaut-.

Dentro del grupo de malhechores inmorales de esta trama, no puedo evitar sentir una especial predilección por el artista Fergus. El hecho de que esté interpretado por Charles Denner, me lleva sin poder evitarlo a un viaje en el tiempo hacia el futuro, cuando se convertirá en “el hombre que amaba a las mujeres”. Y como en aquella ocasión, también aquí siento que el enamoradizo y pasional pintor vuelve a contarnos muchas cosas de la intimidad del director -”-Esto es la demostración de lo que siempre he pensado, el arte imita a la vida”, le dice Fergus a su Diana tratando de explicar el asombroso parecido de la mujer de uno de sus cuadros con su nueva musa-. Nosotros sabemos que está equivocado. Y desde luego, la contemplación de la hermosa arquera, de su descomposición y recomposición sobe el lienzo, en un juego de realidad y ficción, de vida y arte que se entrecruzan, a mi me parece una vez más muy representativo de unas sensibilidades y obsesiones casi autobiográficas. Son fotogramas que se quedan grabados en la retina y no se olvidan.

Y para terminar, una vuelta de tuerca argumental, que no es conveniente revelar para los que no hayan visto esta peli, nos conduce al lúgubre pasillo de una prisión con la marcha nupcial resonando en nuestros oídos. Y justo en ese preciso momento, mi mente siempre siempre regresa como en un flash a ese arranque maravilloso, de la impresión sin pausa de la imagen de la novia.

La Sirène du Mississipi/La Sirena del Mississipi(1969).

“Soy infeliz con ella.

Pero también puedo decir, que estoy seguro de no poder vivir sin ella”.

La película que François Truffaut dedicó al que consideraba uno de los tótems del cine francés clásico, Jean Renoir, y en la que homenajeó a uno de mis directores de cine más queridos, Nicholas Ray, llevando a sus protagonistas de la mano a ver Johnny Guitar -resulta delicioso el pasaje, con los vistosos colores que Truffaut encuadra mostrándonos ostensiblemente el cartel anunciador del film en la puerta de la sala de cine, emulando de esta manera la mítica coloración de la peli norteamericana, como también la conversación de los espectadores al acabar la proyección: “No es un western cualquiera. Es una impresionante historia de amor”-, disculpar la redundancia, es otra historia de amor. Una más en la filmografía del amante del Cine (y de las mujeres). Aquí además, el cineasta francés remodeló a su gusto una obra genuinamente norteamericana, Waltz into Darkness del afamado escritor de novela policíaca William Irish.

La trágica frase que introduce este comentario, la pronuncia Louis Mahé, un Jean Paul Belmondo en la cima de su popularidad en Francia, pero en mi opinión solo solvente en su encarnación de este acaudalado cultivador de tabaco en la isla Reunión, que se compromete por correspondencia con una mujer que no conoce. Y en el arranque del film, tras comprar con ilusión el anillo de bodas, acude veloz, expectante, entusiasmado, a recoger a la sirena que le trae el vapor “Mississipi”. Esa mujer deseada se descubrirá ante sus ojos con la belleza arrebatadora de Catherine Deneuve. La Julie Roussel que ha llegado a su isla no se parece a la mujer de la foto que recibió hace un tiempo. Pero no importa. Louis está embriagado de deseo.

Como en su anterior propuesta La marieé estait en noir, con ese humanismo vitalista y desesperanzado a la vez que caracteriza su discurso artístico, Truffaut reflexiona en torno a las diversas manifestaciones -e incontrolables obsesiones- del enamoramiento pasional. Como en el especialísimo Polar de la novia vengadora, su trama se construye sobre determinadas premisas del cinema noir norteamericano. Y, como también en aquella, estos elementos del relato negro resultan nuevamente redimensionados en su construcción emocional del amor traicionado, pero irreprimible. Un amor que conduce irremediablemente a la ruina personal, material y moral. Un amor contra el que es imposible luchar. Así, casi cuan tragedia clásica, acompañaremos a esta más que improbable pareja, hacia un camino sin retorno, que ya casi en su culminación, se cubrirá de nieve. Blanca, inmensa, quizás interminable, como la frialdad despiadada -¿o no?- de la auténtica Marion. Y también como la pesadumbre infinita de Louis, que también se nos queda atravesada en el corazón a quienes disfrutamos con Truffaut y sus pesares.

© Maria Verchili Martí.

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