Trenque Lauquen, Laura Citarella (2022).

Mujeres, enigma y relato.

“¿Qué te hace pensar que quiere ser encontrada?”

Este cuestionamiento inquietante, poderoso a la par que desconcertante para el que busca, nos asalta con fuerza hacia el ecuador de este viaje cinematográfico de más de cuatro horas de duración.

Cuando vi el pasado verano por primera vez la nueva propuesta de la cineasta argentina Laura Citarella, canalicé mi entusiasmo emocionado con unas pocas palabras instantáneas que miraban hacia mi cinefilía del pasado -evidentemente, muy compartida-: “Estaba Laura, del mítico noir «premingeriano». Estaba Laura Palmer, del serial de culto de David Lynch. Y este año ha llegado Laura (Paredes), de la directora también Laura, Citarella”. En realidad, más que llegar, esta Laura, que se encuentra desplazada durante unos meses en la pequeña localidad pampera de Trenque Lauquen -la ciudad de origen de la familia de la propia directora- desde su Buenos Aires habitual, para finiquitar un proyecto de investigación, ha desaparecido. Tal y como les había sucedido a esas otras Lauras tan presentes en el imaginario colectivo cinéfilo.

Trenque Lauquen es una película y es mucho más, desde mi experiencia personal. Es una aventura -ya lo anuncia el primero de sus doce capítulos, que nos vuelve a retrotraer además a otra mujer que se esfumó sin dejar rastro, la de otra obra maestra, de Michelangelo Antonioni-. Es una trama detectivesca, una road movie, una comedia romántica y un cuento fantástico. Es una tan azarosa mescolanza de géneros, que me incomoda tratar de definirla en su polisemia libre. Es un ejercicio libertario de narratividad indómita y sosegada al tiempo, cotidiana y cercana, que consigue fluir con el encanto y el sinsentido contagiosos de la vida misma y de sus historias que merecen ser contadas.

Es un juego que no admite lindes, como los infinitos paisajes de la Pampa por los que discurre la búsqueda de dos hombres, desconocidos entre sí, que se unen para buscar a Laura. Y así se prende el relato, que es importante advertirlo, va a fluir en el tiempo con un desorden tan aleatorio como certero en base a diversas analepsis desde el presente. Rafael (Spregerburd), el que era su pareja en Buenos Aires, responsable del departamento universitario del que dependía la financiación de su trabajo, y con quien se había comprado una casa en la capital porteña, acude desde la urbe ante el extraño acontecimiento. Y Ezequiel (Pierri), lugareño, el compañero de pesquisas que se van alejando progresivamente del plan inicial, no consigue desembarazarse del forastero. Juntos comienzan a indagar, pero desde diferentes niveles de conocimiento de la realidad -Ezequiel había empezado antes y por motivos inconfesables ante su compañero-. Y esta circunstancia me parece muy relevante, porque en este acertijo epistemológico y emocional que nos propone Citarella, en co-escritura con su actriz protagonista Paredes, el desequilibrio, la asimetría de partida en la apreciación, es otra clave en la construcción (o más bien, de-construcción) del relato, que en mi opinión acrecienta la propuesta esencial de la película. De esta manera, en este primer pasaje, Rafael llevará el peso de la acción, y en sus conclusiones peregrinas sobre las razones de Laura, “Quiere acabar un trabajo, y es lo que está haciendo”, ante la mirada esquiva de Ezequiel, comienza también a enarbolarse el fondo analítico esencial del film.

El siguiente turno es el de Ezequiel, en su “parte”. El amante trenquelauquense rememora la evolución de su relación con Laura, cómo se fueron aliando y enamorando. Y como Laura se fue desviando del camino -cuántos caminos en esta película, ya llegarán- inicialmente encomendado. De la investigación botánica -otro elemento importante más- pasará a la investigación histórica por medio de su colaboración en el más interesante programa de la emisora de radio local sobre mujeres relevantes de la Historia. Y la primera de sus investigaciones que conoceremos, aun no será esa que constituye otra pieza de este puzzle narrativo. Y al mismo tiempo también podría ser que sí lo fuese. Lady Godiva fue una dama anglosajona casada con Leofric, conde de Chester y de Mercia y señor de Coventry, que según cuenta la leyenda, ante la ambición de su marido y los abusivos impuestos que imponía al pueblo, intercedió para que terminase su avaricia. Finamente Leofric accedió a bajar los impuestos con la condición de que su mujer paseara desnuda a caballo por la ciudad, en el convencimiento de que jamás sería capaz. Sin embargo, en deferencia a su pueblo, Lady Godiva paseó su cuerpo expuesto a caballo, no sin antes haber acordado que se quedasen en sus casas y no la mirasen en su paseo. Sólo un sastre conocido como “Peeping Tom” -más Cine, en esta ocasión del maestro británico Michael Powell, por cierto también analizado con pasión en este mismo espacio de reflexión cinematográfica- no pudo resistir la tentación de ver a su señora desnuda a través de un agujero en la persiana, y en consecuencia se quedó ciego.

No le había ocurrido semejante infortunio a Laura. A pesar de que en el pasado, durante unas vacaciones en la ciudad balneario de Ostende también había consumido sus días fisgando inconteniblemente en la vida de otro huésped del hotel casi vacío donde se alojaba. Es así como esta nueva peripecia se conecta con el film de 2011 de Citarella, que funcionaría como una precuela en el contexto general de una saga en torno a este personaje Laura -y se me antoja especialmente interesante que la directora refiera entre sus motivaciones el deseo de volver a trabajar con la actriz Paredes, que en esta elaborada propuesta redobla su participación -ya lo dijimos- como co-guionista-. Porque en cuanto arribemos al capítulo de “Las cartas y los libros” -mi preferido-, podremos constatar que la impronta indagadora de nuestra protagonista permanece intacta. Resulta realmente emocionante contemplar como el relato fílmico prende en la crónica de la investigadora a su partenaire de fatigas con esa confesión inaugural, “Soy la única testigo de un pequeño misterio”. Aquí el film coquetea sin pudor con su embelesada audiencia, en la historia de esa sacerdotisa sensual Carmen Zuma, que conoceremos con Laura y Ezequiel a través de sus cartas de amor secretas, escondidas a modo de buzón pactado en ese libro de la “rusa”, -nada más y nada menos que Alexandra Kolontái, la pensadora marxista y feminista, autora de la célebre “Autobiografía de una mujer sexualmente emancipada”-, que aquí, cuando gane la pantalla desde las fotografías antiguas tomará el rostro y el cuerpo de la propia Citarella embarazada -un detalle más que acerca el film a ese universo tan preferido del Cine-vida-.

Pero Carmen, como Laura, se irán- Y ese “Adiós, adiós. Me voy, me voy” de las antiguas misivas saltará al parabrisas del coche prestado de Ezequiel en otra nota cifrada. La mujer del presente, la que ocupa el primer nivel de la ficción, emula enigmáticamente a aquella del pasado, en la historia dentro de la historia. Ambas comenzarán a caminar. Una explícitamente y la otra en nuestra imaginación, conduciendo un automóvil o pedaleando en su bicicleta. Antes habíamos escuchado por primera vez esa canción de Siro y su Fabulosa Orquesta de Juguete, “No sé si es el destino, que separa los caminos”, emergiendo singularmente entre la hermosa música instrumental que recorre el film mayoritariamente. Y es así como estas historias se seguirán expandiendo sin fin en otras tantas, como en la fantasía borgiana de los senderos que se bifurcan. La de la directora universitaria -hilarante es la entrevista entre la susodicha y el buscador Rafael-, la de Juliana, la directora del programa de radio, la del extraño caso del lago -Trenque Lauquen significa “lago redondo” en mapuche-, que en realidad tan solo era un yacaré, o la de Elisa Esperanza (Elisa Carricajo), la misteriosa científica encargada de evaluar el hallazgo, que necesita encontrar desesperadamente esas flores amarillas.

¿Y qué ha pasado finalmente con Laura?¿Dónde está? ¿A dónde se ha marchado? Pues la verdad es que existen infinitas posibilidades. Porque esta película encierra en su fondo un fondo aun más profundo, como el del lago donde apareció ese ser indescifrable, un misterio, que especula y filosofa sobre las dimensiones múltiples de una mujer, y de otras tantas mujeres con las que se va encontrando. Desde las cartas y los libros, que aquí refuerzan simbólicamente ese gusto del colectivo El Pampero, al que pertenece Citarella, por contar desde parámetros literarios, como si escribiesen una novela, pero poniendo en juego unos recursos que son netamente cinematográficos -pero eso ya es otra historia-, hasta las existencias narradas de cada una de las circunstanciales compañeras de vivencias de la ausente y omnipresente Laura. A mi parecer, una personal reflexión de la directora sobre la feminidad en un sentido que resulta tan ambicioso como sencillo y humanista, tan singularmente propio como apropiable por cada uno de sus espectadores en sus particulares idiosincrasias.

En definitiva, pero en absoluto definitivamente, como esta historia, Trenque Lauquen redimensiona el hacer cinematográfico y encuentra sin inmutarse los nuevos caminos, como esos de la canción que acompaña al amante Ezequiel con insistencia. En mi opinión, es una obra magna del Cine contemporáneo, una mágica vuelta de tuerca sobre los mismos cimientos de esa premisa a estas alturas ya tan inasible de la post-modernidad artística. Representa de algún modo una renovada modernidad, brillante y seductora, que recomiendo encarecidamente.

© Maria Verchili Martí.

4 comentarios en «Trenque Lauquen, Laura Citarella (2022).»

    • No sé si es necesario en general…Sí lo es sin duda para mi, porque la película que trato de glosar, entrando en su propio juego misterioso, es la mejor de las estrenadas que he visto este pasado año 2023, junto a la última entrega de Aki Kaurismâki, «Fallen Leaves». Las razones de la relación con Antonioni las encontrarás si lees el artículo completo -además, en alguna entrevista lo ha confirmado la directora-. Más que el tiempo -que también tiene su funcionalidad en la obra- , aquí lo que más importa es la impronta narrativa, indómita, de alguna manera interminable, siempre cautivadora.

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  1. La obra es la versión en el séptimo arte de lo que seria «el traje del emperador», no tiene casi nada a significar, diría que el guion lo ha realizado un estudiantes de primaria y el sonido esta «coordinado» por un orate. Las 4 horas debería dar para que, como mínimo, se pueda entender claramente el/un mensaje mas allá de ensoñaciones absurdas.

    Sinceramente y sin acritud.

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    • Obviamente no puedo estar más en desacuerdo. Para mi es un film extraordinario. Cuenta tantísimas cosas, y hace tan estimulante el camino….Una narratividad prodigiosa para una hondura analítica hermosa y relevante. Y no solo lo pienso yo, también «Cahiers du Cinema», que la coronó como mejor pelicular del año.

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