María Candelaria, de Emilio «Indio» Fernández, (1944).

El repudio social machista en el Edad de oro del Cine mexicano

En este espacio de reflexión histórico-cultural y sociológica en torno al Cine, ya consta mi análisis en clave de violencia de género, específicamente diseccionado desde los mismos cuerpos de las mujeres, en esa película preferidísima del inefable director norteamericano Sam Peckinpah. Bring me the head of Alfredo Garcia (1974) es una película mestiza, entre otras tantas cosas. Fronteriza, como lo era su legendario creador. Y entre su elenco actoral mexicano, hay que destacar a uno entre tantos compañeros de farras del yanqui exiliado. Emilio “Indio” Fernández, el padre-capo que desencadena la búsqueda del amante traidor en la legendaria tragedia peckinpahiana, atesoraba en los tiempos del film una excelente trayectoria como director durante la Edad de Oro del Cine Mexicano.

El “Indio” Fernández descendía de un coronel revolucionario y de una mujer kikapu, de quienes heredó un profundo sentimiento de amor por su país, así como un genuino interés por las costumbres y las creencias indígenas. Desde sus años juveniles y durante toda su trayectoria artística, su obra se caracterizó por una potente personalidad y por sus inquebrantables señas de identidad mexicanas. Como su vida, ciertamente apasionante. Siendo un adolescente se enroló en la Revolución mexicana, participó en levantamientos armados contra el gobierno, e incluso fue encarcelado. Pero consiguió fugarse, y comenzó un exilio estadounidense, que terminó conduciéndolo hasta la misma Meca del Cine. Allí se ganó la vida como empleado de lavandería, estibador, ayudante de prensa, y finalmente, albañil, cerca de los estudios de Hollywood, circunstancias que favorecieron su incursión en el cine como extra y doble de estrellas consagradas como Douglas Fairbanks. Pero fue en 1930 cuando tuvo una experiencia que marcó significativamente su carrera como creador. Coincidió con la llegada a los States del director Sergei Eisenstein, y quedó prendado por la forma de hacer cine del genio soviético, que sin duda incorporó vivamente en su obra venidera. De vuelta en México, y después de otro periodo de adaptación al nuevo medio, consiguió introducirse en los estudios cinematográficos Films Mundiales, donde conformó junto a Mauricio Magdaleno, Gabriel Figueroa, el excepcional director de fotografía de la mayoría de sus películas, la estrella rutilante Dolores del Río y el actor Pedro Armendáriz, el equipo estelar que consiguió los mayores éxitos de taquilla de la época, y los capítulos más brillantes del Cine nacional. Su primer trabajo conjunto fue Flor silvestre, la cinta con la que Dolores del Río debutó en el cine mexicano.

Seguidamente, Fernández filmó la excepcional película María Candelaria, objeto de este análisis que hoy me propongo, y que en mi particular deambular cinéfilo, y específicamente interesado por la plasmación de la violencia contra las mujeres en el Cine, se conecta por la vía de la interculturalidad con el magnífico drama del tío Sammy. Con este film pionero, Fernández fue galardonado con el Gran Prix del Festival de Cannes. Inauguró ese estilo tan propio, de tal influencia en la industria, que su interpretación socio-cultual y estética del México rural y campesino más empobrecido, se convirtió en un estándar del Cine mexicano, y también en la imagen de México en el mundo. Es preceptivo enfatizar el indiscutible protagonismo femenino y su desigual condición en la mayoría de las cimas de Fernández – son films como Enamorada (1946), Pueblerina (1948) o La malquerida (1949)-. Pero en esta película considero que hay un posicionamiento especialmente ilustrativo de la violencia social y física contra las mujeres.

María Candelaria es un intenso drama social que profundiza en la discriminación que sufre la protagonista en un medio rural e indígena hermoso y paupérrimo. La historia brota del estudio de un pintor y de una de sus obras, y se desarrolla en un largo flashback hasta completar el trágico destino de esta mujer. En 1909, en Xochimilco, justo antes del estallido de la Revolución Mexicana, la pobreza, la ignorancia y la cultura patriarcal excluyente, han relegado a María Candelaria en una humilde casa apartada del pueblo porque su madre era prostituta. Su paupérrima subsistencia se basa en la venta de flores. Pero sus planes de boda con su amado Lorenzo Rafael (Pedro Armendáriz), prácticamente la única persona que se relaciona con ella, van a propiciar la búsqueda de una mejor economía para llevar el proyecto a buen término. Aquí es donde la perspectiva social y la denuncia de la desigualdad que impregna la obra de Fernández se pone en juego. Los poderes fácticos se pondrán a la contra de la ilusión de progreso de la pareja. El cacique local Don Damián, dueño de la tienda de comestibles del pueblo, que desea a nuestra protagonista y quiere evitar la unión a toda costa, boicoteará sus iniciativas comerciales, llegando incluso a matar al lechoncito que estaban criando para vender. Y cuando María Candelaria contraiga la malaria, se negará a procurarles la quinina necesaria para combatir la enfermedad. En consecuencia, en su desesperación, Lorenzo recurrirá al robo, y por supuesto terminará en la cárcel. El funesto jefe constituye la representación sin ambages del ejercicio generalizado del abuso de poder en la sociedad mexicana que recorre el discurso artístico del director. Pero aquí incorpora una segunda vertiente, la del hostigamiento con fines de satisfacción sexual, una suerte de derecho de pernada, muy significativo en cuanto al desarrollo de los acontecimientos. Porque ante el encarcelamiento de su compañero, María Candelaria tendrá que hacer uso del único recurso del que dispone, su belleza. Se avendrá a posar con fines lucrativos para aquel artista que prendió este relato. Él comenzará por inmortalizar su rostro. Pero ella se negará a mostrar su cuerpo desnudo para completarlo. De nada servirá esta autolimitación impuesta -por supuesto, resulta inconcebible semejante acto de impudicia en esta comunidad y especialmente en el caso de la que ya vivía marginada y despreciada-. Cuando la gente de Xochimilco vea la pintura resultante, no albergará duda alguna sobre la identidad de la dueña del cuerpo del cuadro, «-¡Es María Candelaria!». Y la condena unánime, con todos los actores sociales que habíamos ido conociendo a la contra, caerá sobre esta mujer en forma de piedras, cuan aleccionador pasaje bíblico, hasta matarla.

Sin duda, es esta una tragedia casi clásica, que deja a la audiencia abatida, pero también concienciada sobre todos estos factores socio-culturales. Y a la par, entre tanta pesadumbre, nos deja también hallazgos formales que no se pueden dejar de mencionar. Como la legendaria fotogenia del rostro de la diva mexicana, encumbrada por la cámara de Fernández hasta las más altas cotas de esteticismo cinematográfico, los poderosamente poéticos encuadres del medio natural en el que transcurre su vida y la de su compañero -especialmente ese canal de los muertos, desgraciadamente profético-, o las potentes secuencias de confrontación de la condenada con la masa exaltada que la rechaza. Es una película significativamente trascendente, una joya del Cine latinoamericano que debe ser reivindicada y revisitada en su potente mensaje socio-cultural, y en su esteticismo preciosista.

© Maria Verchili Martí.

4 comentarios en «María Candelaria, de Emilio «Indio» Fernández, (1944).»

    • ¡Gracias!! La base del texto la escribí hace ya dos años por aquí, y lo he recuperado y ampliado para mi blog. Fernández tiene un buen puñado de films excepcionales. Hace poco me encontré con tu estudio de ‘La Perla’, y a mi este análisis se me quedó colgado por el 25-N.Así que..voilà.

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